La ansiedad está compuesta en gran parte por excesiva preocupación y miedo. Esa preocupación y ese miedo pueden provocar síntomas físicos, tales como cansancio, irritabilidad y problemas para dormir. En los niños, la ansiedad también suele causar malestares estomacales, lo cual puede derivar en falta de apetito y reducción de la cantidad que el niño come.

Cuando la baja ingesta alimentaria conduce con el tiempo a bajo peso o imposibilidad de ganar el peso necesario para el sano crecimiento y desarrollo del niño, la situación puede tornarse peligrosa. Además, un bajo peso corporal y una ingesta alimentaria insuficiente pueden empeorar los síntomas de ansiedad. Cuando un niño ansioso siempre ha pesado poco, como en el caso de su hija, eso significa que corre aún más riesgo de caer por debajo de la curva de crecimiento y de que su ingesta se convierta en un factor de su salud mental. Los estudios han demostrado que incluso cuando la pérdida de peso o la restricción alimentaria empiezan por otro motivo diferente a un problema con la imagen corporal, toda persona puede desarrollar un trastorno alimentario al perder suficiente cantidad de peso.

Un gran estudio clínico realizado en la década de los años 40 en la Universidad de Minnesota, llamado Estudio de Minnesota sobre la Inanición, lo demostró con hombres adultos que gozaban de salud física y psicológica. Los participantes en el estudio redujeron drásticamente su ingesta calórica y una vez que llegaron a cierto peso, todos empezaron a enfrentar problemas psicológicos como resultado de la pérdida de peso. Los sujetos acaparaban sus raciones reducidas, pensaban incesantemente en comida, hacían ejercicio de forma compulsiva y se volvieron depresivos y ansiosos. En otras palabras, pese a que no tenían problemas corporales y a que la baja ingesta alimentaria no era para perder peso, estos hombres antes sanos empezaron a presentar problemas idénticos a los de las personas con anorexia nerviosa. Básicamente, lo que esto demuestra es que cualquiera puede caer en un trastorno alimentario, aunque no tenga problemas con su imagen corporal.

Otro factor que se debe tener presente es que cuando un niño no come bien o está bajo de peso, las intervenciones para la ansiedad y otros trastornos del ánimo son menos eficaces de lo normal, incluido la terapia y los medicamentos. Por lo tanto, antes de tratar la ansiedad o la depresión, es preciso lidiar con los problemas alimentarios de manera clara e integral, aunque estos no parezcan ser el problema principal.

Algunos proveedores de atención psicológica no especializados en problemas alimentarios posiblemente no se percaten de este componente de la ansiedad en su evaluación del niño. Cuando los hábitos alimentarios y la ansiedad parecen entrelazarse, lo mejor para recibir una valoración integral es trabajar con un profesional de la salud mental especializado en trastornos alimentarios.

Mientras busca un proveedor de atención mental con quien trabajar, tenga también presente que las investigaciones sustentan la aplicación de un tipo de terapia ambulatoria llamada “terapia familiar” (FBT, por sus siglas en inglés), o método de Maudsley, para los niños con trastornos alimentarios, especialmente para los niños pequeños como su hija. Busque un proveedor de atención psicológica certificado en ese método de tratamiento.

Lo bueno en este asunto es la vinculación entre resultados positivos con la pronta intervención en los trastornos alimentarios de la infancia, y los niños más pequeños responden bien al tratamiento. Dada la edad de su hija y bajo la suposición de que, por lo demás, es sana, si se le diagnostica con trastorno alimentario o ansiedad, existe muy buena probabilidad de que la afección se resuelva con éxito sin ningún tratamiento minucioso ni basado en pruebas.

Fuente: Dra. Jocelyn Lebow, Psiquiatría y Psicología de Mayo Clinic en Rochester, Minnesota.